Como todas las bodas son iguales…¡para nada! Cada boda es un mundo en sí mismo y por supuesto en el caso de Juan Carlos y Alina se trató de otro mundo; pero en el sentido narrativo y sin lugar a dudas, porque a resultas de una tradición propia de la región y nacionalidad de la novia, sucede que en un momento dado de la celebración… Pero retorno al inicio de la boda porque es natural darle su lógica cronología. Que comienza en casa de la novia aunque con la anécdota del novio lanzándose al interior de nuestro coche para ayudarnos a localizar un lugar donde aparcar más rápida y fácilmente (el fondo de la anécdota es que el novio estaba literalmente en pijama -matizo que la pareja se encontraba en dos viviendas distintas aunque próximas- lo que demuestra la increíble predisposición a que nuestro trabajo fluctuase con la mayor de las comodidades).

Maquilladora y peluquera comenzaban una infinita labor de preparativos que en la práctica poco se había de notar pues la novia es guapa de por sí y apenas necesita más que el ajuste imprescindible para la ocasión; mientras el novio, cercado por sus dos íntimos y los padres, daba rienda suelta al tiempo con el que manifestaba un oculto nerviosismo entre las sanas bromas de los amigos.

Ha resultado, no maravilloso sino espectacular, experimentar el transcurso de la ceremonia civil que de manera perfectamente organizada se iba sucediendo; la novia estuvo al principio escoltada por sus damas de honor, todas conjugando diferentes atuendos coincidiendo en el rojo vivo como muestra de cariño y fidelidad de amigas a la novia. Alina, radiante y actriz en estado puro tuvo que competir duro con el metraje que presentó Juan Carlos, que sin quererlo ni esperarlo resultó un actor de primer orden. No es que se tratase de una boda temática en absoluto, pero los novios parecían de película en sus ademanes y fotogénica soltura.

Pues fue en el momento del banquete, ya tras el corte de la tarta nupcial cuando de pronto y siguiendo un guión folclórico propio de Rumanía y de la región de la novia, ésta resulta “secuestrada por un familiar y sus “compinches” que con aptitud casi olímpica “secuestran” a la novia y la trasladan -arrastrando a un servidor para documentar los hechos- ¡a un lugar aleatorio fuera y lejos del lugar de celebración! Ahí nos vimos Alina y uno mismo en la trasera de un vehículo y. a la carrera carreteando a varios kilómetros, deteniendonos en un bar de carretera desde donde llaman al novio (ya marido) explicándole la situación e indicando que si quiere recuperar a su esposa deberá localizarles (localizarnos, porque ahí estaba yo también “secuestrado”) y pagar el debido rescate que ascendía a la nada despreciable cifra de “dos botellas de ron y una de bourbon”… El final del relato se presupone. Todos felices!

Baile típico del país de la novia y más baile típico nupcial de todas partes (vals). Y una mención muy especial: amenizó de manera sorpresiva (contratado, claro está) y formidable en su magia espectacular el Mago Roncero.

Ha sido un enlace nupcial cuyo reportaje de boda nos ha quedado con mucho, muchísimo juego, pero es que ya se venía intuyendo desde el propio reportaje de preboda, cuando tuvimos ocasión de conocernos más extensamente. Muestro mi más profundo agradecimiento a Juan Carlos y Alina, así como a sus maravillosas familias e invitados quienes entre todos facilitaron inmensamente nuestra labor de creación fotográfica y nos hicieron sentir en la práctica uno más entre ellos. ¡Felicidades chicos!

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